miércoles, 12 de octubre de 2011

De la motivación y algo mas.

Un amigo me preguntó , “ ¿Qué pasa cuando se pierde la motivación?”  Sin duda es la pregunta más difícil que me han hecho en mi vida.

La mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos buscando la motivación, pero distinto es cuando la perdemos, cuando somos conscientes que en algún momento la tuvimos, y ahora no podemos retenerla.

“No soy la persona adecuada para responder esto”, fue mi primer pensamiento. Pero basta con mirar un segundo, desde arriba, la vida que llevamos para sorprendernos a nosotros mismo perdiendo y recuperándonos constantemente, hundiéndonos y nadando hasta la orilla casi de manera permanente.

Pero, ¿Cómo es posible que nuestra vida fluctúe de esta manera sin ser conscientes de ello? Lo que sucede es que, de alguna manera, sabemos dónde buscar cuando ya no tenemos opciones en el camino que transitamos. El ser humanos sabe tropezar, caer y levantarse casi en el mismo acto. Pero del mismo modo, muchas veces,  sabemos caernos para nunca levantarnos, y del mismo modo, sabemos levantarnos para nunca caernos.

Cuando se pierde la motivación, se pierden las ganas de buscar esos caminos alternativos, se pierde la esperanza de podernos levantar, o por el contrario, se pierden las esperanzas de ver lo distinto en lo homogéneo de nunca caerse. Y es ahí, cuando sentimos que estamos caminando en el limbo, cuando no nos queda otra que mirar para adelante como resultado de un reflejo.

¿Cómo se reencuentra la motivación? Probando lo que nunca se probó, caminando por donde nunca se caminó, intentando sentir lo que no se ha sentido, buscando lo que no sabemos buscar. Cuando lo que seguimos nos desmotiva, es porque no recordamos aquello por lo cual elegimos nuestra opción, aquello por lo cual mirábamos el horizonte.


lunes, 3 de octubre de 2011

Del mundo a las palabras.

El universo de la palabra es casi tan grande como el dela conciencia. Hay que saber el verdadero valor de la tecnología sistémica de la lengua.
Un tradición de pensamiento científico, estrictamente dogmatizado, y caprichosamente impuesto a las generaciones siguientes, contaminó nuestra visión de la lengua y la comunicación, convirtiéndola en literales escupitajos de mensajes dirigidos a un receptor con la misma conciencia comunicativa de un animal.
 De lo que no nos damos cuenta, es que la lengua, y ya lo dijo Lotman, es "un código mas su historia". No cabe concebir las lenguas del mundo como simples sistemas de signos asociados mediante reglas de combinación, por el contrario, es necesario concebirlas como el resultado de una conciencia histórica colectiva.
Solo basta pensar en lo que nos provocan algunas palabras en el discurso cotidiano. Nos avergonzamos en la situación en la que nos toca hablar de amor, y la pronunciación de la palabra se vuelve casi un murmullo enredado en nuestros labios. Y esto no es por el conocimiento de la denotación propia del signo, si no, por la profunda connotación que nace en lo mas profundo de nuestro ser, ligada estrechamente a nuestra experiencia, y al legado de la historia sentimental de la sociedad que formamos.
La angustia del perdedor al recordar ese primer y único amor que tocó sus labios y rompió su corazón; la vergüenza del galán recordándose así mismo vendiendo su dignidad por amor.
Por suerte o por azar, la lengua, y el lenguaje en general, son reflejo de lo que somos como individuos y como porción del universo.